261. El adjetivo y sus arrugas

Lausana, Suiza, 1904-París, Francia, 1980
Alejo Carpentier
   Un renovador de la literatura latinoamericana en los años del llamado "Boom" su estilo, diferenciado del realismo mágico, fue llamado "Real maravilloso". En 1978 recibió el Premio Cervantes y donó el importe del galardón al Partido Comunista de Cuba. Entre sus numerosos libros se destacan "El reino de este mundo", "El camino de Santiago" y "El siglo de las luces".

*

   Los adjetivos son las arrugas del estilo. Cuando se inscriben en la poesía, en la prosa, de modo natural, sin acudir al llamado de una costumbre, regresan a su universal depósito sin haber dejado mayores huellas en una página. Pero cuando se les hace volver a menudo, cuando se les confiere una importancia particular, cuando se les otorga dignidades y categorías, se hacen arrugas, arrugas que se ahondan cada vez más, hasta hacerse surcos anunciadores de decrepitud, para el estilo que los carga. Porque las ideas nunca envejecen, cuando son ideas verdaderas. Tampoco los sustantivos. Cuando el Dios del Génesis luego de poner luminarias en la haz del abismo, procede a la división de las aguas, este acto de dividir las aguas se hace imagen grandiosa mediante palabras concretas, que conservan todo su potencial poético desde que fueran pronunciadas por vez primera. Cuando Jeremías dice que ni puede el etíope mudar de piel, ni perder sus manchas el leopardo, acuña una de esas expresiones poético-proverbiales destinadas a viajar a través del tiempo, conservando la elocuencia de una idea concreta, servida por palabras concretas. Así el refrán, frase que expone una esencia de sabiduría popular de experiencia colectiva, elimina casi siempre el adjetivo de sus cláusulas: "Dime con quién andas...", " Tanto va el cántaro a la fuente...", " El muerto al hoyo...", etc. Y es que, por instinto, quienes elaboran una materia verbal destinada a perdurar, desconfían del adjetivo, porque cada época tiene sus adjetivos perecederos, como tiene sus modas, sus faldas largas o cortas, sus chistes o leontinas.
   El romanticismo, cuyos poetas amaban la desesperación -sincera o fingida- tuvo un riquísimo arsenal de adjetivos sugerentes, de cuanto fuera lúgubre, melancólico, sollozante, tormentoso, ululante, desolado, sombrío, medieval, crepuscular y funerario. Los simbolistas reunieron adjetivos evanescentes, grisáceos, aneblados, difusos, remotos, opalescentes, en tanto que los modernistas latinoamericanos los tuvieron helénicos, marmóreos, versallescos, ebúrneos, panidas, faunescos, samaritanos, pausados en sus giros, sollozantes en sus violonchelos, áureos en sus albas: de color absintio cuando de nepentes se trataba, mientras leve y aleve se mostraba el ala del leve abanico. Al principio de este siglo, cuando el ocultismo se puso de moda en París, Sar Paladán llenaba sus novelas de adjetivos que sugirieran lo mágico, lo caldeo, lo estelar y astral. Anatole France, en sus vidas de santos, usaba muy hábilmente la adjetivación de Jacobo de la Vorágine para darse "un tono de época". Los surrealistas fueron geniales en hallar y remozar cuanto adjetivo pudiera prestarse a especulaciones poéticas sobre lo fantasmal, alucinante, misterioso, delirante, fortuito, convulsivo y onírico. En cuanto a los existencialistas de segunda mano, prefieren los purulentos e irritantes.
   Así, los adjetivos se transforman, al cabo de muy poco tiempo, en el academismo de una tendencia literaria, de una generación. Tras de los inventores reales de una expresión, aparecen los que sólo captaron de ella las técnicas de matizar, colorear y sugerir: la tintorería del oficio. Y cuando hoy decimos que el estilo de tal autor de ayer nos resulta insoportable, no nos referimos al fondo, sino a los oropeles, lutos, amaneramientos y orfebrerías, de la adjetivación.
   Y la verdad es que todos los grandes estilos se caracterizan por una suma parquedad en el uso del adjetivo. Y cuando se valen de él, usan los adjetivos más concretos, simples, directos, definidores de calidad, consistencia, estado, materia y ánimo, tan preferidos por quienes redactaron la Biblia, como por quien escribió el Quijote.

260. Mujeres en un bar

 Ilustraciones de Roy Lichtenstein

* Llora. No intenta disimularlo. Tiene los ojos enrojecidos. Y las lágrimas caen, una detrás de otra, brillantes y traslúcidas. Mueve apenas la cabeza. Toma aire y sigue: habla en voz muy baja. Retuerce un pañuelito de papel entre los dedos. Los ojos castaños relucen. Habla y es evidente que marca algunas palabras, que enfatiza ciertos tonos, que baja más el tono de la voz y que propone algo. Es evidente que está proponiendo algo. El hombre no se mueve y no dice nada: tiene los pies cruzados abajo de la silla y los brazos cruzados sobre la mesa. El café se enfría en los dos pocillos. Él es un hombre joven y ella tiene esa edad rara que está entre los 27 y los 28 años. Es imposible verla llorar así, a ella, y no conmoverse. Y al mismo tiempo parece claro que ella no tiene razón. No, no tiene razón. Pero él debería disculparla.

* La mujer casi gorda pide un cortado mitad y mitad en jarrito y una medialuna de manteca. Después no sabe qué hacer. Hojea una o dos páginas de una revista que quedó sobre la mesa y la deja. Descuelga la cartera del respaldo de la silla y la abre. Busca algo. Revuelve en el interior de la cartera que es una copia de una cartera Louis Vuitton. Va sacando cosas: anteojos, una billetera, un bolígrafo, llaves, papelitos, el telefono celular. Cuando el mozo le sirve lo que pidió guarda todo apresuradamente en la cartera, rompe por un extremo un sobrecito de edulcorante y se lo vuelca entero al cortado. Muerde la medialuna y después se pasa la lengua por los dedos que quedaron pringados de almíbar. Mira alrededor para ver si alguien la vio. Y vuelve a morder la medialuna. Suena un celular. Recoge la cartera y se la lleva al oído izquierdo. Vuelve a dejarla colgada en el respaldo y levanta el jarrito. Antes de tomar el primer trago se pasa la lengua por los labios.


* Hablan las dos al mismo tiempo. La mayor tiene un chalequito negro y un pañuelo en el cuello, un pañuelo de gasa verde. La menor juguetea todo el tiempo con el cuello volcado del sweater de color gris con un par de trenzas y escucha. No dice nada. Escucha. La mayor habla con énfasis, dice cosas como que a ella ya nada la sorprende, que él siempre fue así, y que ella, la menor, en el fondo tiene la culpa de todo. Dice algo así, la mayor, y hunde nuevamente la cuchara en un trozo contundente de cheesecake. La menor se tapa la boca con el cuello del sweater. No quiere que la otra mujer vea que se ríe. La otra come un par de bocados más de torta. Cuando vuelve a hablar la menor se mira las uñas, entrecruza los dedos y levanta la mirada. Son ojos fríos en un rostro de labios apretados que quiere expresar hastío. La mujer mayor dice que los jóvenes de hoy no saben lo que hacen.


* Llega, se sienta en la primera mesa que encuentra libre, le echa un vistazo a un cartelito que anuncia las promos, lo hace a un lado, se sienta y controla el celular. Lo llevaba en la mano. Ahora lo abre. Es un slider. Un teléfono común, no un Smart ni un iPhone. Lee mensajes de texto. Uno. Dos. Tres. Contesta alguno. Escribe con los pulgares. Se muerde un poco los labios. Después mueve un brazo para llamar al mozo. Tiene el pelo de color rojo Henna. Saca otro teléfono de un bolsillo y llama. Cuando llega el mozo interrumpe lo que está diciendo y pide un tostado de jamón y queso, una Coca y un café muy liviano. En seguida corta la llamada. Después mira cómo su hijo se va comiendo el tostado. Ella dobla en pliegues finitos un sobre de azúcar vacío. Por último suena el teléfono por el que ella llamó antes. Mientras habla se pone de pie y camina por el pasillo entre las mesas. El chico agarra el otro celular y empieza a mandar mensajitos.

* Mira por la ventana. En la calle no pasa nada. La gente va y viene. El tránsito es denso. Hay sol, pero hace frío. La mujer tiene 45 o 46 años. Lleva un blazer, una camisa azul índigo, zapatos de tacos altos y, sobre otra silla, hay un abrigo y una netbook en su funda. La mujer habla. Es imposible escuchar qué dice. Frente a ella, un hombre de la misma edad la mira. Por un instante, la mira. Después, mientras la mujer sigue hablando, el hombre hace pasar otra vez las páginas del diario que lee. El gesto, en la cara de la mujer, se vuelve un poco crispado. Sus ojos se encienden. Pero todo hace pensar que sabe moderarse. Ella está vestida como una mujer que sabe moderarse. O que necesita hacer creer que lo sabe. Ella se levanta. Sale a la calle. Enciende un cigarrillo y fuma. No se puso el abrigo. Mira, desde afuera, al hombre sentado a su mesa. Tira el cigarrillo y vuelve al bar. Entonces el hombre se incorpora, deja algunos billetes sobre la mesa, besa a la mujer en los labios, sale y baja la escalera del subte. Ella se queda con las palabras en los labios. Mira a través de las ventanas. Y no lo puede creer.

259. ¡El dedito!

1983
Steve Jobs frente a un cartel de IBM siete años después de la creación de Apple.

258. Exclusivo: Reportaje a Alice Munro

Wingham, Canadá, 10 de julio de 1931
Premio Nobel de Literatura 2013

Por Lisa Allardice
The Guardian & Vida Real 3.0
Derechos reservados

     En esta entrevista Alice Munro revela con la entereza y la sencillez que ya le son conocidas una infancia atormentada, una iniciación no demasiado feliz, y el comienzo de su escritura casi como una actividad clandestina mientras las hijas de su primer y segundo matrimonio dormían la siesta. Es sabido que Munro atribuye esta escasez de tiempo para justificar el haber escrito sólo cuentos, catorce libros de impacto directo que atraviesan su juventud y su experiencia hasta los años '80 y construyen una obra conmovedora y admirable con los temas de todos los días.

   Decir que Alice Munro inspira devoción entre sus lectores es más que un cliché. Para Margaret Atwood es “una santa literaria internacional”. Para la revista New Yorker, que publica sus relatos desde los años 70, es “una bendición”. Tras años de consternación respecto a “por qué su excelencia excedía su fama”, como dijo el escritor Jonathan Franzen en un artículo publicado en 2004 por The New York Times, sus admiradores por fin pueden estar satisfechos: Munro es Nobel de Literatura.
   Su hija Jenny viajará a Suecia el próximo martes 10 para asistir por ella a la ceremonia de entrega porque Munro, de 80 años, no está en condiciones de viajar. Es la decimotercera mujer y la segunda canadiense que recibe el premio.
    “Ya no puedo seguir escribiendo. Dentro de dos o tres años voy a ser muy vieja y estaré muy cansada”, dice Munro a The Guardian, en una entrevista realizada en el pueblo de Goderich, donde ha vivido y sobre el cual ha escrito casi toda su vida: “¿Cuánto de mi vida he pasado aquí, qué otra cosa podría haber hecho?, se pregunta. Siento que sólo he vivido una parte de esta vida y que hay otra parte que no he vivido.” Si se es admirador de esta escritora, se estará al tanto de los problemas de la granja de zorros y de las visones de su infancia en la época de la Depresión, de la casa al final del camino y de la enfermedad de la madre –Parkinson– a los cuarenta y pocos años, de la beca para la universidad, de su temprano casamiento con un estudiante intelectual, de la maternidad muy joven y del divorcio. También se reconocerán las marcas de la vergüenza y la culpa en todas las recopilaciones de cuentos, y van catorce. “Crecí en una comunidad en la que había vergüenza”, dice, haciendo referencia a su infancia rural presbiteriana escocesa-irlandesa, “y es probable que los sentimientos sobre mi madre sean el material más profundo de mi vida”, señala, y sigue: “En la infancia hay que apartarse de lo que la madre quiere y seguir el propio camino y eso hice, me alejé de ella cuando más necesitada estaba, pero sigo pensando que lo hice para salvarme.” 
   La enfermedad de su madre significó que tuvo que hacerse cargo del trabajo de la casa y de sus hermanos menores desde que tenía nueve años. Munro suele hablar en términos de huida, ocultamiento y disimulo. Ya en ese momento encontraba un escape en la lectura, pero no escribió nada durante mucho tiempo porque “me preocupaba que pudiera ser decepcionante o malo”, asegura. La madre de Munro, ex docente, fue una mujer dominante e insatisfecha que recorre su ficción. Su padre, si bien no tenía reparos en darles una paliza a sus hijos, fue una figura más atractiva. “Era adicto a los libros”, afirma la escritora. Si bien tuvo una infancia difícil, Munro insiste en que no fue particularmente infeliz, y asegura que “tenía un mundo privado”.


   Más tarde obtuvo una beca para la universidad, se inscribió en un curso de periodismo y pasó dos años felices en “un escondite del fastidioso trabajo doméstico”: para cuando cumplió los veintiséis años, ya tenía tres hijas. La segunda, Catherine, murió cuando tenía dos días. Una cuarta, Andrea, nació nueve años después. “Por eso estuve bastante limitada ”, asegura, y dice que leyó “todas las novelas europeas que había que leer”, así como a los escritores góticos, cuya influencia es evidente en su trabajo. Aprovechaba cada momento libre –“las siestas de las nenas eran muy importantes”– para escribir, y sostiene que “ser ama de casa” y no tener que preocuparse por un empleo ni por el ingreso le hizo posible escribir.
   En 1961, después de haber publicado algunos relatos en revistas, el Vancouver Sun publicó un artículo sobre ella titulado: Un ama de casa encuentra tiempo para escribir cuentos. “Después de publicar mi segundo, tercer y cuarto libros, las editoriales seguían esperando que escribiera una novela, y yo sentía que estaba perdiendo el tiempo. Me apena no haber escrito una novela, pero me alegra haber escrito todo lo que escribí, ya que hubo momentos en que había muchas posibilidades de que nunca escribiera nada. Estaba demasiado asustada”.
   En 1968, a los 37 años, Munro publicó su primera recopilación, "La danza de las sombras felices", con todos los relatos escritos en quince años. El segundo libro fue "La vida de las mujeres", que suele calificarse como su única novela pero que ella describe como “una serie de relatos vinculados”. La flamante Premio Nobel cuenta que tras un breve bloqueo, comenzó a escribir “sobre la familia y sobre la propia historia sin importar lo que la gente dijera” y confiesa que obtuvo todo el material necesario a los ocho años, cuando murió su madre.” 
   En 1973, su matrimonio se terminó: “Era lo que había que hacer”, dice. Tenía un tercer libro a punto de publicarse y había que ganar dinero, así que aceptó un trabajo como docente de escritura creativa en la Universidad de York, en Toronto, pero confiesa que “no era buena en eso”. Entonces se encontró con Gerry Fremlin, que había sido editor de la revista estudiantil cuando Munro estaba en la universidad y “tres martinis después”, cuenta, ya estaban juntos. Más de veinte años más tarde de escapar de la ciudad donde había pasado su infancia, volvió con Gerry para vivir a solo 30 kilómetros y, a partir de ese momento, volcó su vida en sus relatos. “Amo este paisaje”, dice, “empecé a recordar más cosas que habían pasado aquí y a escribir relatos más rigurosos.” Sus historias se hicieron menos personales, su prosa más simple, y su narrativa más compleja. Entonces publicó sus primeros relatos en The New Yorker. Con los años, sus temas se fueron ampliando: ya no hablaba de la relación madre-hija y aparecieron el amor romántico y los hijos. A medida que su vida cambiaba, también lo hacían sus cuentos, que dejaron de ser tan autobiográficos, para reflejar las circunstancias.
   Alice Munro no tiene un cuarto propio, trabaja en un pequeño escritorio en un rincón del living, siempre a mano, “tal como surge”, dice, y me puede llevar hasta un año terminar un cuento, reescribo una y otra vez”. Sus relatos suelen transcurrir en el pasado, muchos en los años '60 y 70 porque “fue el momento más turbulento e interesante que viví”, dice. Afirma tener “material de sobra”, pero le preocupa no seguir el ritmo de la época en lo que se refiere a la forma en que sitúa sus personajes.
   “¿Cómo puedo seguir escribiendo si sé tan poco?”, se pregunta. Tanto sus relatos como su conversación reflejan su preocupación por las limitaciones impuestas a las mujeres. “Muchos me preguntan por qué no amplié mi perspectiva, por qué todo transcurre en el lugar donde crecí. No dicen que es ‘femenino’ –no se atreven-, dicen personal. Pienso que todo eso es basura, pero igual siento... ¿por qué no lo hice?”.
   No se disculpa por haber escrito en los breves ratos de los que dispone una madre, y cuando se le pregunta por qué cree que sus relatos son admirados, responde así: “Tal vez porque son historias con las que la gente se identifica, o tal vez por las vidas que presento. Espero que sean una buena lectura y que movilicen a la gente”.

Traducción: Joaquín Sabina Ibarburu


257. Bioy Casares: 19 frases del último dandy de la literatura argentina

Buenos Aires 1914-1999
A la luz y a la sombra de Borges
   Adolfo Bioy Casares publicó la primera gran novela argentina del siglo XX, "La invención de Morel", cuando tenía apenas 26 años. Una vida escribiendo para armar una obra ejemplar compuesta por grandes novelas ("El sueño de los héroes"), novelas cortas ("El perjurio de la nieve"), cuentos ("Guirnalda con amores"), ensayos ("Diccionario del argentino exquisito"), memorias y diarios. En 1990 se le concedió el Premio Cervantes. Estuvo casado con Silvina Ocampo y fue amigo de Jorge Luis Borges con quien escribió algunos textos en colaboración. La muerte de Borges en 1986 hizo visible su figura y la excelencia de un estilo casi invisible.

*

El lujo es vulgaridad.

*

La eternidad es una de las raras virtudes de la literatura.

*

Hay tanta gente que escribe para lucirse... Yo empecé así y fracasé hasta el día en que olvidé esas pretensiones.

*

Creo que parte de mi amor a la vida se lo debo a mi amor a los libros.

*

Toda máquina está en proceso de extinción.

*
El mismo lobo tiene momentos de debilidad, en que se pone del lado del cordero y piensa: Ojalá que huya.

*

El mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados. Entiendo que se subestima la estupidez.

*

Las mujeres son el impuesto que pagamos por el placer.

*
La vida es una partida de ajedrez y nunca sabe uno a ciencia cierta cuándo está ganando o perdiendo.

*

Mi desvelo fue siempre persuadir a la mujer de que no la engaño. A esta no podré persuadirla jamás de que no la quiero.

*

El miedo lo vuelve a uno supersticioso.

*

Qué sólos quedan los muertos.

*

La gente fuerte se abre camino sola. De joven yo no me sentía solidario con los jóvenes; la juventud no era una categoría que me interesara (sí la inteligencia, la iniciativa, la belleza). Los otros días vi en el cine a una chica rubia y linda que besaba cariñosamente a un viejo y pensé: "Qué simpática (ojalá yo tuviera una así)." Lo que pasa es que ahora hago causa común con los viejos. Los débiles necesitan agremiarse."

*

Revolución: Movimiento político que ilusiona a muchos, desilusiona a más, incomoda a casi todos y enriquece extraordinariamente a unos pocos. Goza de firme prestigio.

*

Más exclusivamente que en la vigilia, en el sueño somos nosotros. Contribuimos con todo el reparto.

*

No he notado en las feministas mayor simpatía por las otras mujeres.

*

No espero nada. Esto no es horrible. Después de resolverlo, he ganado tranquilidad. Pero esa mujer me ha dado una esperanza. Debo temer las esperanzas. Tal vez toda esa higiene de no esperar sea un poco ridícula. No esperar de la vida, para no arriesgarla; darse por muerto, para no morir. Ya no estoy muerto: estoy enamorado.

*

Un médico es la conjunción de un guardapolvo, un estetoscopio y una jerga.

*

Debió de recibir una buena noticia, porque ayer tenía el pelo blanco y hoy apareció completamente rubia.

*

256 El inventor del caballo

Mecánico
El 14 de febrero de 1893 Lewis Rygg patentó su invento: el caballo mecánico, un aparato perfecto para el entretenimiento, el ocio o la guerra.

255. Nelson Mandela: una leyenda en 11 frases

Sudáfrica, Mvezo 1918-Johannesburgo 2013
   27 años preso por oponerse al racismo, Premio Nobel de la Paz 1993, presidente de su país entre 1994 y 1999, Nelson Mandela trabajó sin desmayos para conseguir mediante una resistencia pacífica y militante una democracia multirracial y consiguió terminar con el appartheid. A la hora de su muerte, ayer, Mandela ya era el último gran político del siglo XX, una leyenda en vivo, y una bandera para defender su legado.

*


Cuando el agua ha empezado a hervir, apagar el fuego ya no sirve de nada.

*
Después de escalar un monte muy alto, descubrimos que hay muchas otras montañas por escalar.

*
En el curso de mi vida me he dedicado a la lucha del pueblo africano. He combatido la dominación blanca y he combatido la dominación negra. He promovido el ideal de una sociedad democrática y libre en la cual todas las personas puedan vivir en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir, hasta lograrlo. Pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir."

*
La Iglesia aprobaba esta política y aportó el apuntalamiento religioso del apartheid sugiriendo que los afrikáners [o blancos] eran el pueblo escogido de Dios, mientras que los negros eran una especie subordinada a ellos. En la visión del mundo que defendía el afrikáner, apartheid y religión marchaban codo con codo.

*

Yo no tenía ninguna creencia específica, excepto que nuestra causa era justa, era muy fuerte y que estaba ganando cada vez más y más apoyo.

*

No es valiente aquel que no tiene miedo sino el que sabe dominarlo.

*
Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma.

*
¡Viva la libertad! El sol nunca ha iluminado un logro humano más glorioso.

*

La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo.

*

La gente tiene que aprender a odiar, y si pueden aprender a odiar también pueden aprender a amar: el amor llega más naturalmente al corazón que el odio.

*

Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión.

*



254. Originales y Originales



° La máquina de escribir, uno de los inventos relevantes del siglo XIX, apenas superó los 100 años de vida. Fue creada en 1868 y en 1873 Remington puso en el mercado el primer modelo industrial. Un siglo y algunos días después las primeras PC y los primeros procesadores de textos comenzaron a desplazarlas de las mesas de trabajo. Aunque algunos escritores han seguido por un tiempo escribiendo a mano, la máquina de escribir terminó con los manuscritos y la PC terminó con los originales mecanografiados. El que por ahora es el final de este camino representa una pérdida que hasta no hace mucho se consideró invalorable: el original de una obra quedó atrás. En las copias que hoy imprimen las PC ya no hay palabras tachadas, flechas, frases escritas con lápiz o con tinta. El original es un archivo digital y deja de ser original en el mismo momento en que el escritor borra el primer adjetivo de su novela. Hoy un libro es casi siempre una copia impresa de uno o más archivos digitales o, directamente, la copia de archivos que el escritor le manda a su editor por correo electrónico o le entrega en un CD. Esa copia de un libro tiene algo de impersonal: el autor no entrega nada de sí al editor: sólo archivos o copias iguales a todos y nunca un original manuscrito ni mecanografiado que tan útiles y reveladores les resultaron hasta hace 20 o 30 años a editores, investigadores y especialistas. La pérdida de un original podía ser una tragedia: Malcolm Lowry perdió dos o tres veces los originales de Bajo el volcán y todas las veces volvió a escribir la novela entera. Hoy, si la suerte no ha sido definitivamente atroz, algo completramente minúsculo como un pendrive, por ejemplo, proporciona todas las nuevas copias que se necesiten.

° Tanta facilidad para producir copias de los libros no tiene un correlato optimista en el tratamiento que las editoriales le dan o no le dan a los originales que reciben. O los libros son demasiados (y no faltó quien intentara demostrarlo: el poeta mexicano Gabriel Zaid hizo su aporte en 1972 con Los demasiados libros) o las editoriales son pocas y no dan abasto. Entre finales de los ’60 y principios de los ’70 del siglo pasado surgieron en Buenos Aires pequeñas editoriales que fueron las encargadas de promover autores: Jorge Alvarez, Galerna y Falbo publicaron libros de Manuel Puig, Juan José Saer y Miguel Briante. Hoy las editoriales independientes (Beatriz Viterbo, Mansalva, Bajo la luna, Adriana Hidalgo, Eterna Cadencia, Entropía) dan alguna respuesta para los libros de por lo menos dos nuevas generaciones de escritores que no encuentran o no quieren lugares en los grupos corporativos. Pero el asunto, entonces, se ha reformulado: ¿cómo llega un escritor con su primer libro a estas editoriales y qué puede esperar?


° A las llamadas grandes (en este momento Random House, Planeta o Alfaguara) se llega por recomendación de escritores consagrados o que ya están en el catálogo y de críticos reconocidos. El hueco es inexistente. De modo que un autor inédito que consigue un contrato es una rigurosa excepción. En 2002 la todavía por entonces Sudamericana tenía un cartel en su recepción de la calle Carlos Calvo al 500 que decía No se reciben originales. En estos días lo único que ha cambiado es que sacaron el cartel. Y cuando de todas maneras un libro consigue vencer todos los obstáculos la fecha de publicación se parece a una quimera: uno, dos, tres años, con suerte, suelen ser plazos habituales.
          A las llamadas editoriales chicas se llega por las mismas vías o como se puede. Empezaron recibiendo casi todo y a casi todos y ahora tienen que hacer firuletes para no salpicar la fama de accesibles y abiertas. Pero conviene no perder de vista que las editoriales independientes también son pequeñas empresas con capacidades colmadas y límites cada día más claros. Como las grandes, y como todas, casi todas tienen ya planes de edición para este año y para el próximo, y una vez que establecen el rumbo de sus catálogos los lugares se van cerrando. Jorge Herralde, que hizo de Anagrama en España la más grande de las chicas o de las independientes decía que el plan editorial se lo hacían los autores. Basta mirar su catálogo para entender que si en 2011 estuviese previsto que Anagrama tendrá libros nuevos de Ian McEwan, Tabucchi, Amélie Nothomb, Paul Auster, Siri Hustvedt, Baricco, Julian Barnes, Amis, Yasmina Reza y Claudio Magris, por ejemplo, no habría ninguna posibilidad de incorporar a un joven y brillante escritor ruso porque el plan editorial estaría completo. No es este, todavía, el panorama de las editoriales chicas, pero sí de las que van dejando de serlo, como Adriana Hidalgo, que se despega de las tendencias experimentales y apuesta por Agamben, Le Clézio, Copi, Di Benedetto o Guimaraes Rosa.

° Todas estas cuestiones están en transición y habrá que esperar para que se normalicen: lo que se juega son cuotas de participación en el mercado, sedimentación de catálogos, definición del panorama de dos generaciones de escritores y confección de protocolos que regulen las relaciones entre escritores y editores. También, y quizás sea lo más concreto que se tiene a la vista, habrá que esperar los desarrollos en la Web que ya producen una circulación de las obras inédita hasta hace muy poco. Pero en algún sentido es como si todavía esperásemos que las cosas se resolviesen en el marco de una ética que ya no existe, la ética de los editores del siglo pasado. Y no es que hoy no la haya, pero es otra, y en ocasiones no la entendemos o la entendemos demasiado bien y nos resulta por lo menos antipática. No todos hoy son Siegfried Unseld, director durante muchos años de la influyente Suhrkamp Verlag y autor de un libro indispensable: El autor y su editor (Taurus, 1985, reeditado en 2004). Decía Unseld:
          Los autores, al decidirse por una editorial, lo hacen por su imagen y por su editor. Esto significa que eligen:
1.    Por el grupo de autores cuyos libros publica la editorial.
2.    Por la forma en que la editorial presenta sus libros.
3.    Por la persona del editor, primer interlocutor del escritor y además responsable absoluto de los puntos 1 y 2.
          Es verdad que los motivos que hoy llevan a un escritor con su primer libro a una editorial, la que sea, son aleatorios y casi nada ambiciosos porque parte de la base de que hay algo roto o un eslabón perdido en los vínculos que deberían relacionarlo con esa y con todas las editoriales. Nadie lo está esperando. Y no sólo eso: es probable que su oferta resulte inoportuna o indeseable. Entonces algunos autores pueden incluso imaginar que su libro es malo o que no es literatura. Unseld, gracias a una inteligencia templada en la práctica, escribió:
          La literatura es siempre lo que los escritores hacen de ella. Las tareas del editor pueden haber cambiado ligeramente en los detalles del proceso de comunicación, pero en el fondo siguen siendo las mismas: estar preparado para recibir al autor, para aceptar la novedad que comporta su obra y contribuir a su difusión.


° De todas maneras, nadie está a salvo del error. André Gide le rechazó a Proust, en Gallimard,  Por el camino de Swann, primer libro de En busca del tiempo perdido; Jonathan Cape pretendía que Malcolm Lowry cortara y corrigiera Bajo el volcán; Carlos Barral le devolvió a García Márquez Cien años de soledad; Simon & Schuster, y otras editoriales, se negaron a publicar La conjura de los necios de John Kennedy Toole que, convencido de que su novela era una obra maestra, se suicidó. Más allá de la entidad que le demos a estos libros la historia dejó en claro que, por motivos diversos, los editores se equivocaron. Por eso el momento más temido por un editor que tiene sus planes editoriales completos para los próximos dos años es recibir, por los motivos que sea, un nuevo original. Y que ese original sea realmente bueno. En este caso, y aunque no tenga ni un solo hueco, la obligación del editor es publicarlo. Pero no todos lo hacen. Y así están las cosas. 

253. El pensamiento vivo de Marilyn Monroe que no tenía un pelo de rubia

¿Quién mató a Norma Jeane?
Los Ángeles, 1962-1962


   Hay que volver a mirar las películas de Marilyn Monroe. La sorpresa es que casi no hay ninguna mala. Fue una buena actriz dirigida por grandes directores como John Huston, Billy Wilder y Howard Hawks entre otros. Arrastró una infancia infeliz en la que fue abusada y eso la marcó para toda la vida: retraída, sensible, inestable... Y sin embargo, por su belleza y fuerte impacto Hollywood la obligó a explotar su imagen más obvia y comercial. Terminó sus días en medio de una profunda depresión y si bien se intentó enmascarar los motivos de la muerte con la hipótesis de un suicidio la realidad quedó siempre en brumas, y nunca se pudo acallar el rumor insistente de que había sido asesinada por los hermanos Kennedy. Hoy el American Film Institute la sitúa como la sexta mejor actriz de todos los tiempos.

*

Si hubiera seguido las reglas no hubiera llegado a ningun lado.

*

Una actriz no es una máquina, pero se la trata como a una máquina. Una máquina de hacer dinero.

*

Los maridos son estupendos como amantes cuando engañan a sus mujeres.

*

El sexo forma parte de la naturaleza, y yo me llevo de maravilla con la naturaleza.

*

En Hollywood te pagan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma.

*

Era consciente de que pertenecía al público, pero no por mi físico o por mi belleza, sino porque nunca antes había pertenecido a nadie.

*

No quiero hacer dinero. Yo sólo quiero ser maravillosa.

*

La carrera se hace en público, el talento en la vida privada.

*

Ríe cuando estés triste, llorar es demasiado fácil.

*

Ojalá que la espera no desgaste mis sueños.

*

Nadie me dijo que yo era bonita cuando era una niña. A todas las niñas se les debe decir que son guapas, aunque no lo sean.

*

Una mujer conoce sus límites, pero una mujer inteligente sabe que no tiene ninguno.

*

La vida es corta… Sonríele a quien llora, ignora a quien te critica y sé feliz con quien te importa.

*
Si te hizo feliz, no cuenta como error.

*

Yo sé querer y se amar, pero tengo un gran defecto, no sé rogar.

*

Los mejores amigos de las mujeres son los diamantes.

*

En Hollywood la virtud de una chica importa mucho menos que su peinado.

*

Los perros no me muerden. Sólo los seres humanos.

*

Una carrera es una cosa maravillosa, pero no sirve para acurrucarse contra ella en una noche fría.



*

252. Alice Munro: una escritora colosal

Premio Nobel de Literatura 2013
(Canadá, 1931)

   Hace más de 40 años, en 1971, Alice Munro publicó la que sería su única novela, "Las vidas de las mujeres". Antes y después de ese libro desplegó su obra en 13 libros de cuentos magníficos. El último, "Mi vida querida" apareció en 2012 y después de su publicación Munro declaró que era posible que dejara de escribir.

*

No era que mi madre me impusiera realmente lo que tenía que sentir. Era una autoridad sin necesidad de cuestionar nada.

*

La complejidad de las cosas, las cosas dentro de las cosas, parece sencillamente inagotable. Quiero decir que nada es fácil, nada es simple.

*

En la escuela no hice ni un solo amigo. Me sentía a años luz de la mayoría de la gente.

*

Si hoy en día vives lo suficiente, descubres que con tus hijos has cometido errores que no te molestaste en ver, además de los que viste.

*

Crecí en una casa que no tenía baño interior. Era una generación tan terrible, verdaderamente miserable. En realidad fue fascinante.

*

Siempre es maravilloso ganar un premio. No importa la edad que tengas.

*

Tal vez, cuando tengas mi edad, no quieras estar tan solo como un escritor tiene que estar.

*

La relación con mi madre es el material central de mi vida. Siempre fluye hacia mí tan fácilmente...

*

No me asusta dejar de escribir. Me asusta que desaparezca el entusiasmo que me lleva a escribir.

*

La felicidad constante es la curiosidad.

*

La memoria es la forma en que seguimos contándonos a nosotros mismos nuestras historias.

*

Quiero que el lector sienta que las cosas son sorprendentes. No el 'qué pasa', sino la forma en que todo sucede.

*

Cuando un hombre sale de una habitación deja todo detrás, cuando una mujer lo hace lleva todo lo ocurrido en esa habitación con ella.

*

En la vida tienes unos cuantos sitios, o quizá uno solo, donde ocurrió algo; y después están todos los demás sitios.

*

Siempre pensé que iba a ser novelista. Me decía que cuando mis chicos fuesen grandes y yo tuviese más tiempo para escribir novelas, iba a hacerlo. El cuento estaba puramente determinado por el largo de las siestas de mis hijos Pero después resultó que ésa fue la manera en la que aprendí a escribir y ya no pude hacer otra cosa.

*

Ya no sirvo para una vida normal: he escrito tantos años que no sé hacer nada más.

*

La vida de la gente es suficientemente interesante si tú consigues captarla tal cual es, monótona, sencilla, increíble, insondable.

*

Me educaron para creer que lo peor que podía hacer era llamar la atención sobre mí, o pensar que era inteligente o brillante. Mi madre fue una excepción, pero esa regla se aplicaba sobre todo a la gente de campo como nosotros. Ninguna de las chicas que conocí fueron a la Universidad, y muy pocos de los chicos. Yo estuve sólo dos años, y gracias a una beca, aunque entonces conocí a mi primer marido. En ese momento comencé a escribir todo el tiempo (que era lo que había soñado desde niña), porque éramos muy pobres, pero jamás nos faltaron los libros.

*

La prosa debe tener cierta aspereza, y actualmente me gusta escribir así. Me gusta escribir de un modo que, no sé… ¿Qué asuste un poco a la gente?

*

Detestaba la palabra "evasión" aplicada a la ficción. Podría haber argumentado, y no solo por llevar la contraria, que la evasión era la vida real.

*

Probablemente no escriba más. Es agradable irse a lo grande.

*