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229. Diario de un escritor emérito

Con D

"La escritura: la escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada pasa en la vida, nada, excepto eso, la vida".

Marguerite Duras

3 de noviembre

   Lo dicho: creo que empecé a escribir para dejar de ser un huérfano, un desterrado, un alma arrasada. Escribir te blinda y te ayuda a estar en el mundo con una tarea clara aun cuando quizás, a casi nadie, le interese esa tarea.

   ¿Cuántos miles de escritores chinos, norcoreanos, australianos, búlgaros, armenios, checos, eslovenos y así siguiendo no conocemos? Por eso pretender trascender con nuestros libros es un exceso de vanidad o de pedantería. Es no aceptar o no entender que la escritura es algo privado que te permite dejar de balbucear porque construye una lengua propia en la que a lo mejor, con suerte, lográs hacerte entender.

   Para pensar en una obra prodigiosa (la que se te ocurra, El proceso, pongamos), la mejor manera es no proponérselo. Estoy seguro de que Kafka murió creyendo que desde el punto de vista de ese deseo había fracasado. Pero escribir le permitió, en vida, ser judío, ponerse a salvo de su padre, y escribir un gran diario y conmovedoras cartas de amor.

   La posteridad no sirve para nada.
   La posibilidad consagración de una obra una vez muerto el escritor es, para el escritor en vida, incomprensible. La muerte funcionaría entonces como una especie de santificación ya que el escritor está a salvo de las polémicas que lo relegaron y una especie de ecuanimidad llegaría a bendecirlo con algo así como el triunfo del beneficio de la duda y los disturbios que atravesó el escritor en vida.

   Por eso no hay que desear nada.
   Sólo se trata de blindarse. De escribir. Y de vivir en paz.
   Nunca faltan los intuitivos, no inteligentes, que saben cómo tropezar con glorias en vida. Esas son las obras que en la posteridad no encontrarán más que otras confusiones.

   Yo ya no quiero otra cosa que escribir lo que se me da la gana y no me importa si se lee o no. Pero quiero ser más claro porque sé que a muchos escritores jóvenes estas confesiones los desalientan o los irritan. Nunca dejaré de escribir porque si existe el destino, el destino de un escritor es escribir. Como dibujar y pintar fue el destino de Picasso, que murió con un lápiz en la mano y papeles a su lado sin dejar de dibujar. Entonces ya no hace falta blindarse.
   Como sea, la conjura de los necios no dejará de existir mientras vivas.

   Y eso es todo.

224. Diario de un escritor emérito

Con N

"Yo tenía veinte años. No permitiré que nadie diga que es la edad más hermosa de la vida".

Paul Nizan

30 de octubre

   ¿Por qué, cómo, para qué comencé a escribir?
   Estas preguntas son o eran frecuentes. Un escritor alcanzaba una cierta visibilidad y en las entrevistas y encuestas se las endilgaban (Endilgar: María Moliner, tercera acepción) como si tal cosa.
   Durante muchos años no supe muy bien qué contestar, qué decir. La forma más sofisticada de la interrogación era cuando te pedían que contaras un episodio de iniciación. Yo, entonces, inexorablemente, balbuceaba, por no decir que decía cualquier cosa.
   Hoy, muchos años después, cuando creo que mi obra está terminada y siento que no tengo ninguna clase de obligaciones en función de escribir, de haber escrito o de volver a escribir, lo sé: empecé a escribir para blindarme, para construir algo con mi vida, para dejar de balbucear (y no sólo ante preguntas tan retóricas como esas). Creo que fue Sartre quien dijo que lo importante no es que te haya tocado una vida de mierda sino que lo importante es qué hacés con la vida que te ha tocado.
   Por eso, sí, lo sé, estoy casi segur seguro, o me parece: hoy no balbuceo.
   Yo tenía que zafar de una infancia devastadora, de una adolescencia desconcertante y penosa y, un poco más adelante, de una una juventud apasionada y caótica.
   Por eso empecé a escribir.
   Y es probable que por eso siga escribiendo aun cuando ya no publique lo que escribo. Porque la madurez no te rescata del sin sentido de la mayoría de las cosas. Y menos de la realidad.

217. Diario de un escritor emérito

Con F

"Un escritor es intrínsecamente incapaz de decir la verdad; por eso llamamos ficción a lo que escribe".

William Faulkner

23 de octubre

   Una aclaración, aun cuando no sé si se me reclaman aclaraciones.
   Es cierto que uno puede decir con cierta holgura que deja de escribir después de haber escrito. Incluso cuando -como he dicho- se ha publicado a lo largo de más de 40 años y se llega a la intuición de que la obra se ha completado.
   Pero además, hoy, se puede hacerlo frente a un llamado mercado editorial que, en el caso del primer libro de un autor, si se venden 500 ejemplares ya todos están dispuestos a brindar. O dicho de otra manera: el mercado -la demanda- para libros impresos y más para primeros libros se achica cada día más. El punto es que se sigue escribiendo o se empieza a escribir y se espera con ilusión ser editado.

   En el caso de los escritores jóvenes y con dificultades (y sin dificultades también) para publicar su primer libro mi sugerencia es la web. Publicar una novela o un libro de cuentos de una o por entregas en una página web o en un blog, es una alternativa que va consiguiendo su lugar y cada día más visibilidad. De hecho no son pocos los casos en que los blogs se transforman en series de TV o películas. Recuérdese "Ciega a citas" de Carolina Aguirre, por ejemplo.
   Con esto quiero decir: me parece que llegará un momento en que a la hora de empezar a escribir en el único soporte que se pensará para editar será en los que facilita la web. El libro en papel, por mucho que duela, se encuentra en los tramos finales de su historia y el libro digital seguirá ganando terreno. No hay por qué pensar, más allá de motivos sentimentales, que no será así.

   Por otro lado, se puede creer que la historia de la literatura, desde sus orígenes hasta hoy, es la historia de la narración. En el marco de todos los géneros siempre se han contado historias. Incluso por supuesto desde mucho, muchísimo antes de que Johannes Gutemberg inventara la imprenta de tipos hacia 1450. La Odisea, del poeta griego Homero, escrita aproximadamente en el siglo VIII a.C. es una epopeya en 24 cantos que cuenta la guerra de Troya. La Eneida es una epopeya latina escrita en el Siglo I a.C. por Virigilio. La Eneida parte de los poemas atribuidos a Homero (la Odisea y la Ilíada), fundamentalmente desde la guerra de Troya y de la destrucción de la ciudad, para llegar a la fundación de Roma.
   En tanto epopeyas todos estos poemas narran historias, tienen sus héroes y los enemigos de sus héroes, peripecias de todo tipo, romances, traiciones y muertes. En este sentido son, diría Faulkner, ficciones porque no tienen la intención de contar verdades fieles a la historia real. Todos estos libros, y toda la literatura antigua llegó a nuestros días por obra de infinitos copistas que las escribieron a mano para su transmisión.

   ¿Extraño escribir? No lo hago ya desde hace más de dos años.
   No, no extraño escribir.
   Me gusta editar este blog y escribir aquí. Las cosas que escribo aquí.
   Como si con los otros materiales que posteo todo tratara de armar una escritura que diga algo sobre la vida real.

213. Diario de un escritor emérito

Con B

"Existe una tradición nórdica que consiste en no darle el Premio Nobel a Borges".

Jorge Luis Borges

19 de octubre

   Lo primero que se siente cuando uno se da cuenta de que ya no escribirá más es un inmenso alivio, algo así como bajarse de una exigencia y de un compromiso. Es claro, tanto la exigencia como el compromiso son imaginarios o, en el mejor de los casos, con uno mismo. En rigor, y más hoy, nadie está esperando nuevos libros de nadie. Si aparecen te enterás, decidís si les vas a echar un vistazo o los vas a leer -para ver cómo intentan sobrevivir los autores-, y listo.
   Las puertas de la libertad quedan abiertas.
   Con la idea de una obra terminada ya podés hacer lo que se te dé la gana: leer, no leer, no escribir, o escribir lo que quieras pero no para publicarlo. Hay en la publicación algo perverso. Se desea publicar. Y se queda pendiente de lo que se publicó como si el juicio de lectores y críticos fuese más importante que el propio. Entonces se corporiza el fantasma de una competencia.
   Si las cosas fueran así Joyce, Kafka y Borges se habrían suicidado. Ninguno de los tres recibió el Premio Nobel (en verdad esto los honra en tiempos en los que el Premio se daba sin ton ni son y por razones políticas antes que literarias), ninguno de los tres alcanzó una gran legibilidad ni tuvo gran cantidad de lectores en vida. El Ulises no agotó la primera edición, Kafka dio a conocer relatos pero no llegó a publicar sus tres novelas, Borges fue una rareza en un país en que el peronismo lo clausuró. Pero, pienso, creían en lo que hacían y eso fue suficiente para ellos. Esa es una apuesta. Una apuesta verdadera, grande, digna. Un escritor se juega la vida por su obra.
   Cuando pienso que el estadounidense Philip Roth, el húngaro Imre Kertész (Nobel 2002) y Alice Munro (Nobel 2013) ya han anunciado que dejaban de escribir me siento bien acompañado, no por la estatura de cada uno de ellos sino porque siento que mi idea de que se puede, y quizás se deba hacerlo, no es disparatada.

210. Diario de un escritor emérito

Con K

“El mismo lobo tiene momentos de debilidad en que se pone del lado del cordero y piensa: Ojalá que huya”.

Adolfo Bioy Casares

16 de octubre de 2013
   
   Entre 2008 y 2011 escribí mi último libro, "Cine", una especie de novela en tres partes que publicó Eterna Cadencia (2009, 2010 y 2011). Fue mi último trabajo pensando en su publicación impresa. Tuve la sensación, al terminarlo, de que redondeaba una obra que había comenzado más de 40 años atrás con la publicación de mi primer libro de relatos, "El último de los onas" (1969), y que ya no tenía nada nuevo ni más o menos nuevo que intentar. También pensé que las formas y los contenidos van cambiando a velocidad de vértigo en el siglo XXI y que otros soportes, a partir de Internet, se vuelven más y más verosímiles. Es como si por ejemplo en los blogs circulase una especie de literatura "anónima", por muy firmada que esté, y que esa literatura es nueva, caótica, sorprendente, y, a veces, excelente. Me tentó eso.